martes, 27 de agosto de 2013

La balada del café ilustrado

Yo no quiero una chica que se quede colgada de mis palabras,
Yo no quiero una chica que me ría todas las gracias,
Sólo quiero alguien con quien compartir mi vida,
Y ese alguien podrías ser tú.
                                                                       Television Personalities





    Vagaba yo sin rumbo fijo madurando la idea de poner algo de orden en mi vida cuando, de improviso, fui plenamente consciente de la tiranía de la contingencia. Mis lánguidos pasos se detuvieron enfrente del misterioso pasadizo que conducía a la modernista entrada de aquel café de aires afrancesados, donde en tiempos inmemoriales aprendí a valorar la importancia de una buena conversación.
     Hay lugares que son como imanes y al pasar por delante de ellos ejercen una atracción, apenas perceptible, pero a la que no puedes resistirte. Eso es lo que me ocurrió hace quince años una mañana lluviosa del primer día de agosto de un verano especialmente caluroso en Frankfurt, al entrar por primera vez en aquel olimpo del buen gusto para resguardarme del chaparrón.
    El interior del café se había librado de los cambios del paso del tiempo, existía al margen de la esfera temporal habitual. Era atemporal. La atmósfera del lugar te transportaba a la bohemia parisina, con sus enormes ventanales acristalados que cumplían la misión de multiplicar la belleza de las mujeres allí presentes. Pero lo que más me sedujo fue el aroma a viejo que se desprendía de cada rincón, un olor que lograba hacerte partícipe de un trozo sagrado de historia. Los muebles de madera tallada, libres de la máscara del barniz, poseían la esencia de la belleza de la cosas sencillas; y el denso humo dotaba de personalidad el ambiente, lo aterciopelaba. Sentí que estaba en el lugar adecuado en el momento oportuno.
    Me aparté a una mesa en una de las esquinas del local. Desde esa ubicación estratégica, camuflado con el mobiliario, obtuve una perspectiva perfecta: podía observar sin ser descubierto. Allí pasaría muchas mañanas en compañía de mis libros  y mi cerveza, espiando por el rabillo del ojo los quehaceres de aquellos peculiares clientes que venían de otra época, de quienes yo pasé a ser coetáneo.
   No tardé mucho en advertir su figura esbelta e imponente. De pie en el extremo de la barra parecía ausente, como si le asolara un profundo vacío interior. Vestía de negro de la cabeza a los pies y era más alto, más delgado y más atractivo de lo normal. Rondaría los sesenta y el gris ya hacía tiempo que gobernaba con mayoría absoluta la región capilar. La barba bien rasurada le hacía cultivar cierto parecido con el Vittorio Gassman de la última época. Sin duda, él solo se bastaba para llenar la estancia.
    Llevaba varios días acudiendo al café y analizando con total discreción, eso creía yo, su enigmático comportamiento (degustaba el cappuccino con una parsimonia exagerada, no se relacionaba con ningún cliente y en una libreta anotaba pensamientos que súbitamente parecían  acudír a su mente), cuando aconteció nuestra primera y extraña charla. Yo estaba concentrado en mi lectura, tenía un mes de margen antes de los exámenes para asimilar las doctrinas de la filosofía negativa, cuando su presencia dotada de notoriedad invadió mi espacio.
   -Disculpe, ¿me permite hacerle una pregunta?, me asaltó.
    Su rostro de facciones duras, severamente castigado no tan sólo por los años, sino también por los golpes de la vida, estaba presidido por unos ojos de un verde grisáceo que procuraban una mirada limpia y sincera, entristecida por un ligero brillo del lacrimal.
    -Lo siento, no tengo tiempo. La amabilidad nunca ha sido mi punto fuerte y admito que me pongo a la defensiva cuando me aborda de sopetón un desconocido.
    -Es usted muy joven para no tener tiempo. ¿Sabe que el autor que lleva entre manos era un experto en el Tiempo?
    -Desconocía el dato.
    -Afirmó que una parte nada desdeñable del tormento que supone la existencia consiste en la continua presión que el Tiempo ejerce sobre nosotros, yéndonos siempre en pos, sin permitirnos recuperar el aliento, como un domador con su látigo.
   Su locución iba en consonancia con su elegancia, así que, impresionado, le invité a que tomara asiento, cosa que hizo.
  >>Percibirá usted, joven -prosiguió saltándose las presentaciones- , si continúa tan atento a su entorno como hasta ahora, que aquí incluso la cosas, para suceder, se toman su tiempo. Y las palabras, antes de convertirse en diálogo, están obligadas a pedir permiso si desean ser valoradas. Privilegio que únicamente será concedido con la condición de que cumplan el requisito de ser trascendentes, que tengan algo que decir. Porque, de lo contrario, se corre el riesgo de contaminar la esencia del local: la autenticidad. Asimismo, comprobará, que no nos encontramos en un establecimiento elitista. Nada más lejos de la realidad, es un lugar pionero en el buen uso del concepto globalización, puesto que abraza tanto a eruditos como a iletrados. A la más respetable de las prostitutas como a la más altanera de las eminencias.
    Enfatizaba el mensaje con la complicidad de su cuerpo, ayudado de unos gestos que mostraban sin tapujos toda su humanidad.
    -Gracias por la valiosa información y, por cierto, me llamo Roberto Mendoza y, volviendo al inicio, le permito que me haga su pregunta. 
    -Joven, no corra tanto. Todo a su tiempo, y se depidió quitándose un sombrero imaginario.
   Al quedarme solo observé el mundo a cámara lenta del café y llegué a ser consciente de cómo el tiempo se dilataba poniendo a prueba los límites de la elasticidad. Me sentí como el espectador privilegiado de una función representada en el mejor escenario posible. ¿O ya formaba parte del selecto elenco de personajes?
   El sofocante calor iba avanzando por el calendario de una forma perezosa. Todos los días eran una copia del anterior y lo único que me sacaba de la insoportable rutina eran aquellas conversaciones matutinas con aquel hombre del que apenas sabía gran cosa.
   Durante un mes arreglamos el mundo, le dábamos la vuelta y lo poníamos patas arriba. La simbiosis entre nosotros podía llegar a asustar. Él sólo tenía que dar el pistoletazo de salida con una reflexión que, en ocasiones, adoptaba la forma de pregunta retórica:                  
    -¿Sabe usted, joven, que la selva amazónica es la gran farmacia del mundo? El 90% de las medicinas provienen de allí.
    Él llevaba el timón de la conversación. Si alguna vez yo osaba que la charla derivase a temas más personales e intentaba hurgar en su pasado, se tensionaba y salía por peteneras:
   -No me venga con realidades, joven. ¿Ha percibido usted los efectos hipnóticos que producen las retransmisiones televisivas del Tour de Francia?. Es curioso, no sé manejar una bicicleta, pero cada verano quedo abducido delante del aparato y de esas montañas.
  Sabía que aquél era terreno pantanoso y desistí en insistir. Pero sus divagaciones, sin dejar de ser brillantes, pasaron a ser para mí totalmente irrelevantes. Porque no se me permitía profundizar.
  Agosto terminó tempestuoso, tal como empezó. Y la tertulia, quién sabe si llevada por la penumbra que inundaba el café y que invitaba a la reflexión, adquirió ese día un tono más serio y revelador.
  -¿Conocía usted este lugar o entró por casualidad buscando cobijo? No se sorprenda, esta es la pregunta que estaba guardada bajo llave en la despensa, esperando alcanzar la temperatura óptima para ser formulada. Verá, joven, toda biografía está sujeta al azar, y si una cosa he aprendido es que el azar no se puede forzar porque entonces hace acto de presencia con toda su furia, en el peor momento, para marcarte eternamente con una cicatriz que no te permite empezar un nuevo día sin que pienses en tu imprudencia. Es por eso que necesito saber si usted es real, o bien es un fantasma del pasado que, como el azar en su día, se ha dejado caer por este café de los recuerdos para seguir hurgando en la herida. Así que dígame, ¿por qué Schopenhauer? –preguntó señalando el libro que yo sujetaba en ese instante con mis manos.
    No entendí ni una palabra, pero supe que estaba ante un instante decisivo y novedoso en nuestra relación. No podía dejar escapar la oportunidad. Le juré que entré en el café por casualidad, que si aquel primer día de agosto hubiese lucido un sol radiante habría pasado de largo dirección a la biblioteca, como hacía desde que comenzó el verano. Pareció convencido.
   -“Senilia”, posiblemente sepa usted, es una obra póstuma, un librito conmovedor donde se recogen las reflexiones de anciano del filósofo más moderno y literario. Se lee muy fácil y en una tarde. Bueno, a lo que iba, Senilia –suspiró profundamente- también es el nombre de una chica hermosa que a la edad de veinte años, y de eso hace otros veinte, apareció en mi vida como un terremoto. Llevaba yo diez años instalado en mi triste matrimonio, y con mi monótono trabajo de profesor de filosofía en la universidad cargado a cuestas con estoica resignación, cuando caí rendido ante los encantos de su belleza. Senilia se matriculó en la asignatura que impartía, que por aquel entonces era Filosofía y Metodología de las Ciencias Sociales. Ni el más racional de los sabios tendría la capacidad de análisis para explicar el tumultuoso estallido de vida que se apoderó de mí.
   >>No deseo extenderme demasiado ni entrar en detalles morbosos pero le diré que mi vida cobró de nuevo impulso. Me sentía lleno de gozo y me enamoré perdidamente de Senilia, que desconocía el desbarajuste emocional al que me estaba sometiendo con su sola presencia. En clase los nervios me traicionaban cada vez que mi campo de visión se focalizaba en su rostro, y apenas podía articular palabra.
   >>La partida estaba en marcha y comencé a seguirla por los recovecos de la facultad, me anticipaba a sus movimientos con el fin de provocar un encuentro fortuito al doblar una esquina. Un simple saludo, no me atrevía a más, y ya podía volver con una sonrisa a mi infierno conyugal. Pero no tenía suficiente e hice extensible el seguimiento fuera de las paredes del conocimiento. Memoricé el recorrido que, cada día, la llevaba hasta su casa después de las clases, caminando diez metros detrás del vaivén de su figura envuelto en un estado supremo de excitación. Estaba inmerso en un juego peligroso que me hacía retroceder hasta mi adolescencia y del que no podía, ni quería, escapar. Por primera vez en mi vida experimenté la ficticia sensación de felicidad que se siente al no tener el control. Daba vértigo, pero no dejaba de elevarme.
  >>Paradójicamente, mi matrimonio cobró un nuevo e inesperado brío y volví a tener ganas de acercarme a Renata, mi esposa. Sólo era sexo, pero ya era algo. La mejora en la cama afectó también de manera positiva a otras dependencias de la casa, y volvimos a pasar algunos buenos ratos juntos en la cocina y en el salón charlando despreocupadamente de cualquier tema baladí. Fue una tregua, un paréntesis soleado en medio del monzón. Las cosas en mi matrimonio sólo iban bien cuando yo podía ver a Senilia, lo que demostraba que las cosas en realidad no funcionaban.
    >>Después de dos meses de transitar en silencio  por la desoladora carretera de lo prohibido, me armé de valor y decidí mover ficha. Tenía que hacer saber a Senilia que ella era la causante de mi insomnio y de mi falta de apetito. Esta vez el casual encuentro tendría una causa: mi desesperación. Escogí un día lluvioso de principios de diciembre para escenificar el plan que tantas veces en mi cabeza había devenido perfecto. Únicamente debía ser rápido y sigiloso, jugar bien mis cartas y rezar para que Senilia no se desviara de su habitual itinerario.
    >>Enfrente de la universidad esperé a que acabaran las clases, guarecido bajo un paraguas y ocultando en el bolsillo de la chaqueta el señuelo cómplice que, con impaciencia, aguardaba el momento preciso para actuar. Cuando la vi salir noté que mi corazón latía desbocado debido a la magnitud del acto que estaba a punto de llevar a cabo. Desprotegida de la fina lluvia Senilia aligeraba el paso, lo que proporcionaba a su silueta una vitalidad envidiable. Tuve que darme prisa para no perderla de vista. ¡Estaba cegado!, y era incapaz de razonar. Después de diez minutos sorteando paraguas gigantes nos acercábamos al final del trayecto, por lo que abandoné la ruta y la visión estimulante de su culo, para dar la vuelta a la manzana y bajar por la calle X mientras ella iniciaba la subida. Así nos encontraríamos en el punto establecido, cerca de donde, más tarde, entrarían en juego este imantado café y la inclemencia del azar.
          
   Reparé que, por momentos, se emocionaba y comenzaba a jadear. Le propuse, a regañadientes, que hiciéramos un alto en el camino.
   -Con mucho gusto me tomaría una de ésas, dijo señalando con su cabeza mi jarra de cerveza, a la que por cierto no quitaba ojo a lo largo de nuestras charlas.
    Cuando el camarero le acercó la exagerada y fría jarra se abalanzó sobre ella y en apenas cinco segundos repletos de ansiedad dio cuenta de su dorado interior. Daba gusto verle beber.
    -¡Ay, el primer trago de cerveza!, exclamó con ligero tono nostálgico. Se podría escribir un libro sólo sobre este momento.
    -Ya se ha hecho. Existe una novela breve y exquisita que se llama así: El primer trago de cerveza. La escribió un francés, no recuerdo su nombre. La leí hace unos meses.
     -Estos franceses siempre tan adelantados, perspicaces y atinados. Resulta difícil seguir su estela. ¿Y de qué trata?
   -De los grandes placeres que puede ocasionarnos la repetición de pequeños gestos y que, no en pocas ocasiones, nos pasan desapercibidos porque andamos demasiado ocupados buscando esa gran felicidad que no existe. Lo que nos hace desgraciados.
    -Interesante reflexión. Estoy de acuerdo con ella. Hay que defender a ultranza la conservación de esos pequeños gestos. Como el de poner un disco en el tocadiscos. Por cierto, ¿cree usted, joven, que la música popular envejecerá con dignidad en la memoria colectiva?
   -Esa cuestión daría para un largo debate y usted, primero, debería terminar lo que empezó. Si no recuerdo mal nos quedamos en la hermosa y melancólica calle X.
     -Es usted muy persuasivo. Acabaré, si no me fallan las fuerzas, de narrar la historia, que es mi vida. Una historia que permanecía encerrada en el cajón de los recuerdos y que no ceja de golpear la pared de mi cráneo con el fin de airearse y ser libre. Pues bien, llegó el momento de dejarla marchar.
    >>En efecto, la melancólica calle X iba a ser testigo de un órdago al azar, de cómo dos personas iban a intimar no por una providencia del destino sino por la obsesión de una de ellas. Ya la veía subir con decisión la empinada cuesta, y casi intuía el enrojecimiento de su rostro causado por el esfuerzo. Al llegar a mi altura, delante de la casa-museo de Schopenhauer, parapetado detrás del paraguas, fingí un resbalón que me hizo besar el suelo entorpeciendo su camino. El libro, escogido para la ocasión, y que escondía en el bolsillo de mi chaqueta, “casualmente” emprendió el vuelo y aterrizó a los pies de Senilia que no pudo evitar dejar su huella en él. Aún hoy recuerdo el momento en el que se agachó para disculparse y ayudarme a que me incorporara, cuando vio su nombre reflejado en la portada del libro. No sé cuál de sus caras prefería, pero la que apareció en aquel instante, mezcla de sorpresa e ingenuidad, sería la que quedaría grabada con más nitidez en mi memoria.
    >>Yo estaba muy nervioso y tuve la sensación de que todo aquel teatro resultaba ridículo y poco creíble. Pero la verdad es que fue tremendamente eficaz. Después de algún comentario banal acerca del mal estado de la acera y del uso recomendable de calzado antideslizante para los días lluviosos, pasamos a las presentaciones, esta vez más allá de la mera formalidad profesor-alumno.
   >>Impresionados por la magnitud de la coincidencia, Senilia no puso reparos a mi ofrecimiento de olvidarnos por un rato de la lluvia con la ayuda de un intenso café. Mentiría si dijera que no me sorprendió que se colgara de mi brazo bajo el paraguas, y mentiría si dijera que no sentí la intensidad del contacto de su pecho con mi cuerpo, capaz de atravesar las tres capas de ropa y perforar mi piel. Cruzamos la calzada y allí apareció, majestuosa, la fachada del café. Había pasado cientos de veces por allí y nunca reparé en su elegancia. A medida que pasa el tiempo estoy más convencido de que no entramos por nuestra propia voluntad. Alguien o algo lo escogió por nosotros.
    >>Una vez en el interior nos olvidamos de la lluvia y de todo lo que acontecía en el exterior. Cautivados por la magia del local conversamos durante tres horas seguidas sin decanso, hecho insólito para mí. Estábamos a gusto compartiendo confidencias y deseosos de que aquello culminara en algo más que palabras. Repetimos los días posteriores y acabamos convirtiendo el café en nuestro refugio. Afuera, el mundo, con su indiscreta mirada, representaba una amenaza.
    >>Al quinto día, la intimidad que se había establecido entre nosotros pedía a gritos ponerse de manifiesto en todo su esplendor. Guardando la distancia adecuada por el temor a ser descubiertos, fuimos a buscar un hotel que, caprichos de la diosa fortuna, hallamos sin salir de la misma calle. Todo lo que necesitábamos para dar rienda suelta a nuestro romance se concentraba en escasos cien metros.
   >>Me preocupaba que diez años soporíferos de convivencia matrimonial me hubieran inhabilitado para el contacto. No me creía un mal amante pero estaba temblando como un principiante (vaya, me salió un pareado). Por suerte, Senilia en sus veinte años había adquirido muchos más conocimientos en las artes amatorias que yo en mis treinta y siete. Aquel volcán en erupción me enseñó unas cuantas cosas acerca de las infinitas posibilidades del cuerpo humano. Senilia me despojó de mis miedos y los lanzó al vertedero de los prejuicios inútiles, los mismos que nos paralizan.
    >>En aquella habitación de hotel no estábamos solos. A la vez que explorábamos territorios nunca antes visitados, Bowie nos alucinaba con su última metamorfosis; desde Inglaterra nos llegaban los primeros ecos necesarios del punk; y cuando, en los límites de la resistencia, el espejo de la habitación era incapaz de reflejar nuestras desnudas anatomías por la condensación acumulada, aparecía Marvin Gaye para recordarnos que no había nada malo en dos personas amándose.
    -No quiero parecer demasiado curioso, pero ¿cómo era Senilia?
   -Descuide, no lo parece. Era dueña de la fórmula secreta, la que combina en su justa medida belleza e inteligencia, sin que una eclipse a la otra. Es decir, no era posible dilucidar si Senilia era más bella que inteligente. Si nos ceñimos únicamente a lo físico, poseía las dos virtudes que más lograban alterar mi temperatura corporal: unas piernas estilizadas hacia el infinito que convivían, en armonía, con un culo firme que sabía moverse y llenaba el pantalón.
    >>Pero prosigamos, después del inciso. Nuestro escarceo dependía, primero, del calendario que marcaban las clases, y segundo, de las breves posibilidades de huida que me permitía mi matrimonio. Así que, durante seis meses, hasta que finalizó el curso, todos los lunes y miércoles a media tarde se podía ver a los dos amantes salir del café y enfilar la cuesta hacia su lecho de pasión. De jueves a domingo me volvía irascible y lo único que podía garantizar era un rato de mala compañía. En esos cuatro días resultaba peligroso merodear a mi alrededor.
  >>El verano suponía un período de incertidumbre. La ausencia de clases y los respectivos compromisos estivales no presagiaban nada bueno. Difícilmente podía aceptar la idea de estar dos meses sin ver a Senilia, pero lo que seguro resultaba inviable era el hecho de padecerlos al lado de mi mujer.
   >>A la vuelta de una corta y aburrida estancia en la idílica isla de Menorca, abandoné a Renata, cuando ya hacía años que nos habíamos abandonado. Reconozco que me desorientó lo bien que se lo tomó. Más que bien, lo que me molestó fue lo civilizada que se mostró en todo momento. Yo esperaba el típico numerito de insultos y reproches, justos y merecidos por otra parte. Pero no, parecía agradecerme que hubiese tenido la valentía de liberarla de su condena, hasta daba la impresión de que se preocupaba por mi suerte. Quién sabe, quizás fuera mejor que ocurriera así. Nuestra relación, no lo niego, tuvo momentos buenos pero eran carentes de chispa, demasiado ¿civilizados?. Aun así, duraron bien poco y rápidamente adquirimos los vicios de un matrimonio, porque empezamos a no hablarnos. Había muchas cosas que nos separaban pero recuerdo, incluso con gracia y cariño, una en especial: ella detestaba mi animadversión a divertirme y yo no soportaba su miedo a aburrirse.
    >>Ya era joven de nuevo. Me trasladé a un apartamento en la misma calle X y lo acondicioné con lo indispensable. La austeridad te mantiene concentrado en las cosas importantes, sin distracciones, y es aconsejable para empezar una nueva vida.
    >>Antes de marcharse, Senilia me dio la dirección de la casa donde veraneaba, en Collioure, un pueblecito costero y encantador del sur de Francia. Así que adopté la identidad de una amiga imaginaria, Esther, para que sus padres no sospecharan al recibir el correo. En uno de esos encuentros por carta acordamos en vernos el primer día de septiembre en la puerta del café, por supuesto. Tenía poco más de un mes para prepararme e iba a apostar fuerte: le propondría a Senilia que finalizara la clandestinidad de nuestra relación.
   >>La ciudad en agosto se mueve lenta, aliviada de las prisas cotidianas que la estresan hasta dejarla exhausta. Pero yo eché de menos la vorágine de la rutina, tener la mente ocupada y no pensar. Mi tiempo de ocio se expandía e imaginaba cómo sería volver a ver a Senilia, qué vestido llevaría, lo bien que le habría sentado el sol del mar, y la cara que pondría cuando le comunicara que había abandonado a Renata.
    >>Septiembre amaneció desapacible, y peor que se iba a poner. Sentía que los nervios, a flor de piel, me tenían atenazado y la ilusión parecía amortiguada por el mes de espera. Había experimentado un tobogán de sensaciones y el día clave me encontraba aletargado, sin fuerzas. ¿Me estaba acostumbrando a mi recién estrenada soledad? Pronto saldría de dudas. De golpe, y a medida que se acercaba la hora fijada, las ganas de ver a Senilia ensombrecieron cualquier atisbo de indeterminación del ánimo.
   >>Llegué media hora antes y bajo el fuerte aguacero decidí entrar en el café. Desde este mismo rincón en el que ahora usted escucha con un silencio respetuoso la historia de mi vida, yo controlaba todos los frentes: la singularidad del café y la pluralidad del exterior. Al acomodarme pensé que era la primera vez que estaba solo en aquel lugar, y percibí que el café perdía todo su simbolismo sin la figura de Senilia. Curiosamente, en aquel instante, el interior del local casi me pareció vulgar.
  >>Y lo que viene a renglón seguido tiene difícil explicación. Algunos afirmarían que se trata de algún tipo de conexión o telepatía, otros de pura casualidad. Yo, con el paso de los años, lo considero un castigo. El azar se las ingenió para que girara la cabeza hacia la calle y viera la secuencia de principio a fin, con todo detalle. Senilia, qué preciosa estaba, apeándose de un taxi. Senilia, sin paraguas, corriendo. Cruzando la calzada. Senilia, volviendo sobre sus pasos y recogiendo del suelo un objeto caído. Senilia, mirándome, alzando el brazo y sonriendo. Senilia, embestida por el 27. Senilia, tendida en medio del asfalto mojado. Senilia, oh Senilia.
    >>Salí despavorido y fui testigo de la masacre y de la crueldad del destino. Senilia yacía inerte bajo las ruedas del autobus, y a unos dos metros de su cuerpo vi aquel objeto que un día de lluvia, en la acera, nos unió y que otro día de tormenta, en el empedrado, nos separó.
   >>Ése fue su último gesto en vida, mostrarme con su brazo alzado Senilia, el libro que me prestó la felicidad, para luego, de la manera más cruel y azarosa, arrebatármela de cuajo.
    >>Y eso es todo, ahí tiene usted mi vida, un buen pedazo de mierda real, salpicada con sus buenas dosis de pasión, adulterio, azar y muerte. Todo lo que una buena historia necesita. ¿Estará usted satisfecho?
   El silencio que invadió la mesa fue el más largo e incómodo que he tenido que afrontar nunca. Por fortuna aquel hombre extraño que, en ocasiones, no tenía la absoluta certeza de si se trataba de un sabio, un oasis de brillantez en medio del desierto, o era un sabihondo con la única habilidad de dominar el arte de la oratoria, acudió a mi rescate.
  -No se quede mudo, joven. Seguro que tiene alguna pregunta que le ronda por la mente. No me decepcione.
  -En realidad tengo dos. Una hace un mes que deseo hacérsela, la otra apenas hace un minuto. Esta es la más reciente: ¿Qué motivo le induce a seguir viniendo al café y martirizarse del tal forma?
    -No pretenderá que saliera indemne de aquella tragedia. En cierta medida, y no acepto palabras consoladoras, yo soy el responsable. Le reté a un pulso al azar y perdí. Llevo veinte años conviviendo con la muerte, que es recordar a Senilia y no poder verla. Ese es el precio que debo pagar: su recuerdo, y aquí, en el café, es donde se manifiesta con toda su intensidad. Lo llaman penitencia, joven. ¿Y la segunda pregunta, que era la primera? 
     -¿Qué escribe en esa libreta?
   -Fugaces pensamientos plasmados en letra diminuta, apenas legibles. Se podrían llamar minipensamientos que tienen su valor en el preciso instante que son escritos, luego se pierden en el limbo de lo indescifrable. Me preparan para salir del mundo y alcanzar, por fin, la más perdurable de las ausencias.
    Se levantó y con su habitual reverencia se despidió.
   -Ha sido un placer, joven. Que tenga suerte en sus exámenes.
   No lo volví a ver. Acudí los días siguientes, pero su ausencia entristecía el ambiente del café. Finalizados los exámenes, en los que tuvo un especial protagonismo Schopenhauer, aparecí por última vez por allí. Pregunté al camarero si sabía algo de él.
    -El señor Trebord murió la semana pasada. Una enfermera lo encontró ahorcado en su habitación. Parece ser que se ayudó de la correa de la persiana. Supongo que ahora retiraran todas las correas del psiquiátrico. Siempre tiene que ocurrir una desgracia para que se tomen medidas.
   -¿Enfermera? ¿psiquiátrico?, -no daba crédito.
   -No me diga que no lo sabía, que el señor Trebord no le contó nada, que usted no lo notó. Pues llevaba unos veinte años encerrado en el loquero. ¿De qué demonios estuvieron hablando todo este tiempo?
    De todo y de nada, pensé mientras abandonaba aquel café para siempre, cabizbajo y triste por lo malsonante e inapropiada que resultaba esa palabra, loquero, para designar el inhumano hogar de unas personas que el único pecado que han cometido es decepcionarse en demasía del mundo.
   Me sentí descolocado: ¿estuvo todo este tiempo, el señor Trebord, jugando con mi breve inteligencia, o por el contrario nuestras charlas le sirvieron como trampolín para su salto definitivo al vacío? ¿Debía sentirme estafado o culpable? Tuve la tentación de indagar sobre la vida del enigmático señor Trebord, pero pronto deseché la idea, quizás por temor a que pudiera averiguar que mis irrespetuosas preguntas precipitaran su final.
   Por otra parte, qué importaba si me había engañado, si la historia era producto de la imaginación desbordada de un loco. Bien pensado, ¿dónde está el límite entre ficción y realidad? ¿Y entre demencia y cordura? Conocí a una persona excepcional, extraordinaria en todos los sentidos, adquirí infinidad de conocimientos y mis oídos privilegiados fueron testigos de una historia hermosa que para mí siempre será cierta, porque a menudo me sorprendo a mí mismo pensando en Senilia y su belleza, en qué habrá sido de la hermética Renata, y en la dictadura del azar que no quiso saber nada de amores imposibles. Y no hay nada más real que lo que anida en tu interior.
    Mirándolo con la perspectiva que dan los años y que me acerco a la edad en la que el señor Trebord decidió ser valiente y comenzar una vida con su pleno consentimiento, sin imposiciones, me descubro lleno de dudas, con un primer matrimonio finiquitado y un segundo en vías de extinción, plantado delante de aquel café y de multitud de recuerdos que no merecen ser mancillados.

No hay comentarios:

Publicar un comentario