Se ha declarado la guerra y la batalla se acerca,
Londres llama al inframundo,
Salgan ya del armario, chicos y chicas.
The Clash
De pequeño yo entendía
el mundo. Fue al crecer, cuando comencé a hacerme preguntas que dejé de
entenderlo. Ésa es la razón por la cuál los niños y los viejos parecen felices:
unos porque desconocen las preguntas, y los otros porque saben que no hay respuesta.
Y lo que queda entre la inocencia de la infancia y la decadencia de la vejez es
una larga travesía por un páramo repleto de dudas, sinsabores y putadas. De vez
en cuando, topamos con un oasis de cartón piedra que nos embauca, echamos un
polvo, y la vida nos parece maravillosa.
Nora, mi madre, fue enfermera hasta que yo decidí dejarme caer por la City, momento en el que se vio obligada a desprenderse de su libertad para atender las necesidades de los dos menores de la casa, el recién nacido Ritchie, y Aron, mi padre, gran aficionado al jazz y a las películas del oeste, que regentaba una ferretería cerca de Bishopsgate. Aron vivió obsesionado con la posibilidad de quedarse sin brocas del doce, que según leí más tarde en algún sitio, es la que más se utiliza. Así que una buena parte de mi infancia me la pasé entre tornillos y enchufes.
Fui un niño silencioso pero travieso que disfrutaba,
sobre todas las cosas, planeando la próxima perrería que Gary, mi primo, iba a
sufrir en sus abundantes carnes. Era tan capullo que no podías permitirte la
caridad de sentir pena hacia él. Y con el tiempo el problema se agravó: hace
poco el médico le diagnosticó obesidad mórbida y le recomendó caminar una hora
todos los días. Echó a andar y a la hora se dio cuenta de que tenía que regresar,
con lo que la hora se le convirtió en dos. Su compañía, aún hoy, puede
complicarte el día hasta límites insospechados.
Gracias a la sabia y práctica decisión de
mis padres, que optaron por no tener más descendencia, ningún mocoso incordió
mi infancia, y pude disfrutar a mis anchas de mi cuarto estrecho.
En la escuela, los profesores me
consideraban un estorbo, el elemento discordante. Recuerdo que si, por algún
motivo, había una inspección, ese día me daban fiesta. No destacaba en nada, ni
nada me interesaba. La escuela era el sitio más cruel en el que he estado nunca,
donde se envidia al listo y se humilla al tonto. Al salir de clase, iba a
menudo a Bunhill Fields, el cementerio que queda enfrente de casa y donde
intenta reposar alguna que otra alma atormentada, como la del poeta William
Blake y la de mi madre. Si existen lugares bondadosos –y yo deduzco que sí,
porque conozco uno realmente malvado: la jodida escuela-, Bunhill Fields debe
ser uno de ellos. En mayo, con la llegada de los primeros rayos de sol, tras
meses de lluvia y oscuridad, uno puede percibir allí hasta la alegría de los
espíritus.
A los quince años comprobé las buenas dotes
que poseen algunos médicos para adivinar el futuro: calcularon que en tres
meses el cáncer fulminaría a mi madre, y los muy cabrones, acertaron de pleno.
Por lo menos, el viaje del cortejo fúnebre fue breve. Fue en ese preciso
momento cuando surgieron las preguntas y mi cara paso de todo.
Junten un adolescente desbocado y un padre
desbordado y obtendrán el boleto que asegura el desastre, la fórmula que
certifica la muerte lenta de la família inglesa y de todo su hipócrita sistema
de valores. Mi reacción fue coherente con la situación: comencé a odiar a mi
padre, que pasó a depender en exceso de la compañía de su nuevo amigo Johnnie
Walker, abandoné la escuela por las cada vez más enfadadas calles de Londres y
me agencié unos colegas que me ayudasen a reafirmar mis convicciones anti lo que fuera.
Echando la vista atrás, logro ver a Frank,
Paddy, Ted y Ritchie armando jaleo, quemando coches y escupiendo a la policía.
Nos sentíamos como en casa en medio de la violencia. No nos movía un
sentimiento de solidaridad con los inmigrantes, el panorama para un joven
autóctono no era más alentador, pero ellos fueron los primeros en tocarle los
ovarios a la Zorra de Hierro, y sólo por eso ya merecían nuestro respeto, y todo
el ruido que pudiéramos armar. Había días en que se nos acumulaba el trabajo
por lo que nos dividíamos en parejas para poder abarcar tanta acción.
Formábamos un buen equipo, creo que debíamos haber montado una banda de punk. Reuníamos
todos lo requisitos: unas pintas que ahuyentaban al personal, mala leche y ni
puta idea de tocar un instrumento.
No había mucho más que hacer en esa gran
cloaca del mundo que era Londres. Si eras joven, en aquella época, tu futuro ya
estaba escrito.
Nos convertimos en esponjas que absorbían
todos los estímulos que nos podía ofrecer una ciudad que, aunque en plena
decadencia, poseía algo que te atrapaba. El tópico sexo, drogas y rock and roll
era indivisible y nosotros lo experimentamos en toda su magnitud. La música se
despertó a tiempo para frenar su aburguesamiento, y abandonó los ascensores
para invadir las calles. Las drogas te volvían invencible y tenían el poder de
convercerte de que a las chicas se les podía palpar.
Sin la ayuda inestimable de una buena
mezcla de alcohol y pastillas no me hubiera acercado a Karen, mi primera novia.
¿Qué puedo recordar de ella? Casi nada. Todo queda envuelto bajo una nebulosa
de confusión, por los efectos de la velocidad con la que pasé por aquellos
días. Sólo algunos datos: tenía buen culo y hacía unas mamadas increíbles, pero
no hacíamos buena pareja. Si alguien nos veía pasear juntos, primero tenía
constancia de la presencia de la letra, yo, y unos siglos más tarde, aparecía
el punto, ella. La dejé por baja.
Aquella fue la primera ocasión que acudí a
Shakespeare, ya les contaré más adelante.
En ocasiones, me tomaba un respiro para
reflexionar y, más de una vez, llegué a la conclusión de que, a pesar de lo
oscuro que se divisaba el horizonte, estaba viviendo los mejores años de mi
vida y que, a partir de entonces, todo iba a empeorar. Y muy pronto pude comprobar
que, al igual que aquellos médicos videntes, yo también parecía tener la
habilidad de adelantarme a los acontecimientos y presagiar las malas noticias.
Toda la pasión de aquellos días se liquidó
con un navajazo en el abdomen de Paddy, durante los disturbios del 81 en el
barrio de Brixton. La muerte de Paddy marcó el inicio del fin. Frank, Ted y yo
nos distanciamos y emprendimos, como se suele decir, caminos diferentes.
Yo me recluí en los cinco metros cuadrados
de mi cuarto. A veces salía y me convertía en el impotente espectador de los
efectos de la cruel manipulación que Johnnie Walker, con su flamante sombrero y
apoyado en su elitista bastón, causaba en la maltrecha dignidad de mi padre. No
era necesario hablar, bastaba con un cruce de miradas para ser consciente de la
dimensión de su pena. Tras la muerte de mi madre, Aron se convirtió en un cero
a la izquierda, y su único hijo estaba demasiado ocupado en nada como para
lanzar la cuerda y sacarle del pozo.
Una mañana fría y lluviosa, cómo no, de
febrero, me desperté al compás de las gotas al caer. Oía el chorro de agua
corriendo a toda prisa por el canalón y cómo se desbordaba con fuerza contra la
acera. El sueño reparador logró que me levantara descansado y de buen humor.
Pero a una noche placentera le sigue una mañana convulsa. En el salón, encima
de la mesa, reposando sobre una fotografía de lo que antiguamente fue una
familia, me di de bruces con las siguientes palabras:
“Hijo, me cansé de ser como
aquel disco que todo el mundo afirma tener, pero que nadie ha escuchado nunca;
me cansé de acumular polvo en la vieja estantería en que se ha convertido mi
vida. Me cansé de no ser respetado y de no respetarme, de tener que humillarme
para recibir un gesto amable. De pensar en el pasado y no ser capaz de
vislumbrar un futuro. Me cansé de esta mala película que ya me sé de memoria.
Me cansé de ser como Kind of Blue.”
De puta madre, pensé. Unas cuantas frases
rimbombantes, con la virtud de traspasar el tuétano y de que te persigan el
resto de tu vida. Ése fue su legado para la posteridad. No se lo reprocho. Yo
no lo hubiera hecho mejor.
En la otra esquina del salón, Miles giraba
desaforado en el tocadiscos. De inmediato, recordé que la noche anterior me adormecí con el susurro de su reconfortante
trompeta, colándose por la rendija de mi puerta. Con sumo cuidado coloqué la
aguja en el surco, en un gesto que me convirtió, por un segundo, en mi padre, y
allí apareció el suave lamento de Miles. Amaba ese disco, pero estaba en la
edad en que reconocerlo hubiera sido un síntoma de debilidad: los hijos están
obligados a odiar la música de sus padres. Toda generación necesita su propia
banda sonora.
El cuerpo de Aron fue encontrado en la
orilla del Támesis, varias millas al suroeste, cerca de la lujosa Richmond. Fue
la primera y última vez que mi padre salió de Londres y la única oportunidad
que tuvo de rodearse de gente podrida de pasta.
Al sentir todo el peso de la realidad
descubrí que mis padres, sin ninguna duda, fueron unos santos, pero sus muertes
moraron ante mi puerta de manera acusatoria demasiado tiempo. Con veinte años
me quedé a merced del azar, sin guía, sin lazos, y sin nadie a quien llevar la
contraria. Era una libertad que acojonaba.
Con el dinero que adquirí, como caído del
cielo, de la venta del hogar de los tornillos y de los enchufes pude empezar
holgadamente a joderme la vida. Deshojé la margarita y me tocó quedarme con la
heroína, con la que me metí a fondo en una relación de poder desigual.
De la piel para dentro empieza mi exclusiva
jurisdicción, y yo elegí que sólo tan ilustre dama podía cruzar esa frontera. Tener
de compañera de viaje a la heroína es agotador, te exige dedicación exclusiva y
a jornada completa. Es celosa, se enfada si osas mirar a otras. No permite ni
el más mínimo desliz. En cambio, si eres obediente y fiel, ella te recompensará
con un mar de paz y sosiego.
Tuvimos una relación de tres años, al final
de los cuales yo me transformé en un despojo humano y ella seguía fresca como
una rosa, como el primer día. Me desconcertaba el contraste. Recuerdo nuestra
última noche juntos, el último contacto de la aguja. Fue en un banco de un
parque cercano a King´s Cross, donde le imploré un poco de aire fresco, de
espacio. Ella me exigía más y más, pero yo no disponía ya de fuerzas para
seguir su ritmo. Inclemente, me abandonó para siempre en aquel banco. Porque es
la heroína la que manda, la que decide si eres apto, y si estás al nivel de su
reputación. Y yo dejé de ser digno de su compañía.
Ingresé en una clínica de desintoxicación,
en Whitechapel, el barrio de las putas. Seis meses encerrado en aquel lúgubre
tugurio fue el tiempo que necesité para limpiar mi cuerpo y prepararme para
ensuciar mi mente.
Como me aconsejaron en terapia, comencé a
llevar una vida normal. Lo que sucede es que la vida normal no está hecha para
mí, no nos ponemos de acuerdo. Aun así, lo intenté. Conocí a una chica, de la
que hablaré más tarde, y encontré un trabajo de guardaespaldas. Era un trabajo
fácil y monótono porque mi cliente no se movía de sitio. En el British Museum,
allí plantado, vigilando que nadie estampara su huella de turista en el cristal
de la Piedra Roseta, buque insignia de nuestro expolio al mundo, pude dar
rienda suelta a mi nueva adicción.
Comencé a perseguir coños. Hasta la fecha
mis flirteos con el sexo opuesto se habían circunscrito al este londinense, más
allá del Soho mis posibilidades de éxito se reducían considerablemente debido a
mi condición social. Vamos, que las chicas del remilgado oeste sabían de dónde
procedía, y no iban a juntarse con un paleto del este. El British me
proporcionaba el anonimato indispensable para expandirme hacia nuevos
horizontes y tantear de primera mano en qué estado se encontraba el mercado
internacional. Era el lugar idóneo para dar un vuelco radical a mis escasas
vivencias sexuales.
Juro que en menos de un año me convertí en
un experto, era capaz de oler un buen coño foráneo, apetecible y disponible a
varias millas de distancia. La táctica que empleaba para abordar a la presa era
sencilla: me limitaba a observar e ir descartando. Una vez estrechado el cerco,
siempre elegía a quien visitara el museo en soledad, captaba la atención de la
chica seleccionada. Mi impostada cortesía hacía el resto.
Me convertí en el perfecto anfitrión de una
ciudad que apestaba, pero que me permitía, insaciablemente, coleccionar amantes
como si fueran vulgares trofeos. La víctima tenía dos opciones: podía escoger
el recorrido tradicional y aburrido, que abarcaba la mayoría de los lugares que
han hecho de Londres el más grotesco escaparate del Reino Unido, un asco; o,
por otra parte, podía experimentar el genuíno recorrido Ritchie, el que se
adentraba en aquellos lugares que han hecho de la City la gran pocilga de Occidente,
una delicia. Uno garantizaba tranquilidad, el otro emociones fuertes. Lo único
que compartían ambos recorridos era su final: el 72 de Bunhill Row, donde se
ponía la guinda al pastel.
Imposible afrontar la gigantesca tarea de
hacer el recuento de las nacionalidades que han pasado por mi piso, el criollo
de culturas y lenguas, nunca mejor dicho, que han empapado las sábanas de mi
cama. Un manual que reflejase las virtudes amatorias de todas las afortunadas,
tal vez ayudaría a hacer balance y a refrescar la memoria. Pero eso hubiese
sido poco ético, una obscenidad. Pues bien, como buen salido, eso es lo que
hice. Abramos el cuaderno al azar.
Celeste, 23 años, colombiana. Nalgas duras
y generosas, ideales para verlas bambolear mientras cabalgan. Eyaculación
facial, no ha lugar. Demasiado cariñosa, exige el beso de después.
Irina, 27 años, rusa. Muy delgada y
viciosa. Le gusta que la azoten al son de una balalaika. Una experta en las artes
felatorias, dueña de una garganta sin fondo.
Valeria, 20 años, argentina. Detallista.
Sueña con que sea su novio quien la desflore en el matrimonio. ¡Qué detalle!,
la muy zorra. Mientras tanto, su culo soporta con estoicismo las embestidas. Se
pierde demasiado tiempo en la estimulación.
Isabella, 29 años, italiana. Multiorgásmica.
Le motiva por la retaguardia, al estilo perro. Buena vista desde ese ángulo. Me
enseña a decir tacos en italiano, puttana y cosas así. Escandalosa cuando
alcanza el clímax.
Y esto es sólo un indicio, un pequeño
muestreo de una vasta población. Nombres en un cuaderno que engordan la
estadística. Pero a ninguno de ellos consigo ponerle rostro.
Dejemos de hablar de fantamas perdidos en
la oscuridad de la noche, y pasemos a conocer a Lydia y a Marlene, las dos
únicas mujeres que han fracasado a la hora de intentar convertirme en lo que
ellas hubiesen deseado que fuera. Las dos únicas mujeres que no aparecen en el
cuaderno de mis miserias.
A Lydia, la chica de la que dije que iba a
hablar, la conocí en la oficina de empleo de Old Street, donde trabajaba. Eso
sucedió antes de que mi polla cogiera las riendas de mi destino. Ella fue la
que me abrió las puertas del arte, quien me concertó la entrevista para el
puesto vacante en el British. Me lavó la cara y me presentó al mundo inflado de
autoestima. Resulta irónico recordar que todas sus enseñanzas me fueron de gran
utilidad en mis posteriores acercamientos a la anatomía femenina. Lydia tuvo la
paciencia de adiestrarme. ¿Cuál fue su error? Confiarse e intentar domar al
león sin látigo. Es imposible competir de tú a tú con mi lado oscuro.
Al mes de conocernos ya se instaló en mi
piso, y tres meses de soporífera rutina después ya me di cuenta de que hombres
y mujeres eran como cerdos y escarabajos. Especies diferentes. ¿Por qué se
empeñan en convivir entonces? Misterios.
Lydia era muy posesiva y absorbente y creía
en la teoría de la sinceridad absoluta en la pareja, donde no hay lugar para
los secretos. Pero dio conmigo, una persona que nunca permitió que nadie le
cazara con la guardia baja y con los sentimientos a la vista. Aparte, Lydia
tenía muy claro que iba a tener cuatro hijos y yo tenía muy claro que me
gustaba demasiado follar como para verme empujando carricoches por las
incómodas cuestas londinenses.
Recurrí a Shakespeare para escenificar la
ruptura. Ese tipo era un genio, me pregunto si realmente era inglés. Siempre me
he apoyado en algún pasaje de su obra para quitarme del medio. No dirán que no
soy considerado. No todo el mundo puede decir que le han dejado con una frase
de El Rey Lear.
Marlene era una francesita de los pies a la
cabeza. A cada paso que daba desplegaba toda su elegancia, aprendida de años
devorando el cine de la Nouvelle Vague. Vino a Londres, cegada de amor, de la
mano de un aspirante a músico canadiense ávido de éxito y fama. El amor saltó
por la ventana con estrépito cuando Marlene le sorprendió buscando la
inspiración dentro de un coño negro e inglés. Ya se sabe, la vida bohemia de
los músicos. Marlene, despechada, me contaba todo esto en un pub mientras yo,
con mi mirada, iba más allá de su blusa de seda blanca. Supongo que acabé
rendido ante sus encantos.
Marlene también era una militante combativa
de los derechos de los animales y una gran amante de la naturaleza. Un coñazo,
vamos. Ahí tienen al pobre Ritchie yendo de excursión por la campiña inglesa.
Ni lo sueñen. No me gustan las incomodidades del campo, ese lugar, como decía
Max Jacob, donde los pollos se pasean crudos. Detesto a esos peligrosos
fundamentalistas que dicen hablar en nombre de los árboles y de los tigres, y
predican las bondades de una vida en la naturaleza como medio purificador de
nuestras almas. ¡Anden con ojo! Los podrán reconocer porque viven debajo de una
mochila cargada de buen rollo y latas de atún, mientras contemplan extasiados
la enésima puesta de sol. Por lo que a mí respecta, ni la más bucólica de las
vistas me compensa de la más leve picadura de mosquito. Además, cuando Marlene
me proponía una jornada idílica entre moscas y hormigas afloraba en mi interior
la extraña sensación de que estaba engañando a la única novia que he sido fiel
en mi vida: mi amada y aborrecida, a partes iguales, ciudad de Londres.
Sintiéndolo mucho, y después de casi seis
meses constatando que la convivencia es contraindicativa para el buen sexo, volví
a rebuscar en las letras impresas y tomé buena nota de las sabias palabras de la
astuta Lady Macbeth, aquella que, un buen día, se cansó de esperar y decidió
volver posible lo imposible:
“Lo que acaso carece de remedio,
debiera carecer de remembranza.
Lo que hecho está se olvide ya por hecho.”
Todo en esta vida acaba rompiéndose, los
corazones no iban a ser la excepción. ¿Sentí algo por ellas? ¿Anduvo Cupido a
mi acecho con su letal flecha? No crean que voy a claudicar tan fácilmente. No
se engañen, el amor, en su versión romántica, ya no existe. Tal como lo
conocemos hoy, no deja de ser propaganda. Es un eslogan inventado hace muchos
años por un publicista americano, con el fin de vender un par de medias a
ellas, y un descapotable a ellos. Lo que sucede es que el tío era muy bueno en
su trabajo y un analista superlativo de la psicología humana. Sabía muy bien
que adoramos que nos engañen y que estamos encantados de vivir inmersos en
nuestra mentira de color malva, antes que permitir que la cruda realidad nos
estropee el final feliz de la película.
Creo en el sexo. Lo puedo tocar, ver, oler
y sentir. Sé de su poder de seducción y sé que no me va a traicionar con falsas
promesas. Y ya puede venir el drogata de Freud, o cualquiera de sus secuaces
compinches con sus monsergas, escupiendo por sus vanidosas bocas que cada vez
que me follo a una tía, en realidad es un acto de arrepentimiento que refleja
el sentimiento de culpa por la pérdida prematura de mi madre, de la que estoy,
faltaría más, enamorado. Gilipolleces,
seguro que ninguno de estos profetas vivió en el este de Londres a principios
de los ochenta.
Soy una persona muy constante. Cuando me da
por algo se transforma en obsesión y debo llegar hasta el final. Sin calibrar
las consecuencias, o calibrándolas demasiado tarde. Pensarán que han leído a un
egoísta, pero creo que soy consecuente conmigo mismo. Si lo analizan bien,
llegarán a la conclusión de que no dejo de pensar en los demás. Soy generoso y
altruista. No consiento que nadie cargue en sus hombros con la responsabilidad
de completar lo que me falta.
Y llegado a este punto, me sorprendo de
buen humor. Me pellizco y percibo el dolor. Declaro que soy un superviviente.
Quizás no hice todo lo que deseaba hacer, pero no he hecho nada que no quisiera.
Camino por
las vivas calles de mi amada Londres. El sol resplandece y los espíritus se
alegran.
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