Bien, ¿y cómo he llegado aquí...?
Y puede que te digas:
Ésta no es mi bonita casa.
Y puede que te digas:
Ésta no es mi preciosa mujer.
Talking Heads
“Próximamente,
tendrá noticias de alguien que creía olvidado”.
Parece ser que la conjunción de la Luna con
Marte en mi signo traerá consecuencias inminentes. Irritabilidad, insomnio y
una sensación de desapego del mundo me invadirán en fechas venideras. Pero fue
ésa, la que da inicio a estas páginas, la frase que me intrigó sobremanera.
Normalmente el horóscopo no aportaba una información tan precisa, sino que se
perdía en generalizaciones de un marcado carácter impersonal. En cambio, aquel
día el oráculo sentí que me hablaba directamente a mí.
Me dispuse a afrontar el martirio de
sumergirme en las densas páginas, ya vividas, del libro de mi vida. Hurgué
entre las diminutas letras y escarbé en los pies de página. Retrocedí hasta el
prólogo con el fin de hallar algún indicio que me llevara a un nombre, a un
rostro con la suficiente osadía de perturbar mi preciado aburrimiento. Después
de mucho buscar pude confeccionar una posible lista de olvidados. Desde mi
cómoda butaca aguardaría pacientemente lo que los planetas me tenían preparado.
Le comenté a Ruth la extraña predicción que
quizás iba a trastocar mi tranquila y anticipada vida de jubilado. No pudo
evitar emitir un gruñido que sabía a reproche, Ruth no entendía ni soportaba mi
recién estrenada afición a la astrología de andar por casa, que se ceñía
únicamente a encender el ordenador y en el buscador Google ir a favoritos y
clicar en New York Times, sección de los
malos augurios. David, nuestro hijo, me lo dejó todo mascado para que no me
perdiera por la frondosa y traicionera maleza que es Internet, el mayor ladrón
de tiempo conocido. Yo no veía el daño que podía causarme leer algo que, aunque
tenía un nulo valor literario, por lo menos me entretenía.
Ruth, cada vez más quisquillosa y distante
conmigo, era la única persona que podía y debía comprender a qué respondía
mi nueva actitud. ¿O no estaba claro que
después de toda una vida devorando novelas, la mayoría en mal estado, mi
empachado estómago merecía un descanso? Cualquier psicólogo afirmaría que mi
reacción fue normal y entraba dentro de los parámetros de la lógica. A Ruth,
todo esto, le parecía una chiquillada.
Treinta años en el New Yorker rodeado de
vanidad dejan exhausto a cualquiera. Llamadas a horas intempestivas de editores
vendiendo las bondades de su mediocre marioneta, cuando no se convertían en
intento de soborno directamente, con el fin de conseguir una crítica favorable
de algo que era pura mercancía, de exhibición tan sólo en las grandes
superficies. Presentaciones de novelas infumables a cargo de cachorros imberbes
con un exagerado nivel de autoestima, despotricando contra los clásicos
mediante la pobre y ya manida cantinela de la necesidad urgente de un poco de
aire fresco que evite el anquilosamiento de la literatura. Todo aquel
sinsentido fue minando la dedicación y el amor que siempre profesé a mi
trabajo, y lo que es más grave, mi romántica creencia de que los libros pueden
salvarnos.
¿Merecía la pena seguir con la venda en los
ojos e ignorar el catatónico estado de la prosa actual? ¿Realmente recompensaba
el titánico esfuerzo que suponía salvar de la hoguera de las palabras
vergonzantes a los diez títulos que como máximo al año poseían la mínima
calidad para trascender?
Me rendí a los cincuenta y siete años. Sólo
una crítica más, la última y podría dedicarme en cuerpo y alma a ser un
profesional de la vida contemplativa, a ganar tiempo para poder perderlo como
me diera la gana. Nada mejor que recurrir al maestro de la desaparición para
poner fin al baile. Contraluz, la postrera maravilla novelada de
Pynchon, el escritor sin ningún interés en ser visto, me permitió despedirme
sin aspavientos, sin fuegos artificiales. Colocando el arte un paso por delante
de lo superfluo. Como siempre hice.
Decidí por un tiempo no leer, ser el único
dueño de mis ojos. Retirarme sigilosamente de todo aquello que oliera a podrido
de antemano. Pondría así los sólidos cimientos para alcanzar una vejez
sosegada, libre de estímulos tentadores. Dejar de leer para no tener que
escribir. Vivir en un estado de letargo, en una hibernación permanente. La
imagen de la película por fin se congeló y ahora descansa en modo pausa. Quien
se atreva a pulsar el play se las verá conmigo.
Ruth y yo vivimos en Brooklyn por elección,
en Montague Street, una calle tranquila que en ocasiones apesta a turista porque
un buen día a Bob Dylan se le ocurrió inmortalizarla en una canción. Desde
nuestro remanso de paz particular contemplo a la alocada y vanidosa Manhattan
con recelo, preguntándome cómo es posible que dos ideas tan antagónicas de
concebir la existencia estén separadas únicamente por los 486 metros del puente
de Brooklyn.
Hubo un tiempo en que los ojos de Ruth
brillaban. Veintisiete años de convivencia han servido para que acabemos
adoptando los mismos tics de supervivencia, un ápice de mimetismo a la hora de
pensar el mundo, pero también han entristecido su mirada, que se ha vuelto más
fría y opaca.
Nunca he sido infiel a Ruth, ésa es la
línea, creo yo, que separa un mal compañero de una mala persona. Pero me temo
que no ha sido suficiente. Ruth no es feliz, nadie puede serlo cuando es
desterrado del paraíso de los sueños y condenado a soportar la implacable
monotonía de ver cómo los días te envejecen a mayor velocidad que al resto de
los mortales.
Juro que más de una vez me he acercado a Ruth
con la intención de persuadirla para que podamos, al fin, despojarnos de
nuestras respectivas máscaras, las que nos han convertido en extraños el uno
para el otro. Pero en el preciso instante en que comienzo el abordaje, en
ocasiones un súbito gesto suyo y en otras mi impotencia para encontrar las
palabras adecuadas, hacen imposible que la distancia se acorte. Curioso que acostumbrado
a tratar a todas horas con palabras y creyendo conocerlas, cuanto más las
necesito es cuando me dan esquinazo. Qué decir cuando todo ya está dicho.
Cuando conocí a John, yo era muy joven. Él
era, y continúa siendo, seis meses mayor que yo, pero ya a esa edad los años le cundían más
que al resto porque parecía muy seguro de sí mismo y con las ideas muy amuebladas
dentro de su cabeza. Siempre se le dio bien ser el consecuente de los dos.
Nos encontramos, porque lo nuestro fue un
encontronazo, en la Universidad de Columbia. Con los nervios propios del
novato, no advertí la presencia de la cola formada delante del mostrador de
matriculaciones y no respeté el orden de los turnos. Me colé. Ante tal ofensa,
John se dirigió a mí con su famoso tono burlesco y, como he podido comprobar
cientos de veces, tristemente hiriente. “Parece que alguien tiene prisa en
escribir su primer artículo”. Ése fue mi memorable bautizo, sazonado
convenientemente con unas carcajadas desmesuradas de los allí presentes, en el
periodismo universitario. Todavía hoy John mantiene que mi descuido fue
deliberado y cada vez que tenemos que soportar la interminable espera en alguna
no menos interminable cola, saca a pasear su ingenioso humor rememorando mi
histórico despiste. A John siempre le costó horrores pasar página.
Si bien el inicio no fue el deseado para
una chica insegura recién caída de Baltimore, los cinco años en la universidad
fueron los más excitantes de mi vida. El escenario propiciaba la excitación:
Nueva York, a finales de los sesenta. Sonará cursi pero sentía que el sol salía
para mí cada mañana.
John era inteligente y carismático, dotado
de un talento innato para ganarse el afecto de la gente. Y encima era guapo, un
adonis de la antigua Grecia. Pero era una belleza intimidante que te hacía
sentir incómoda y provocaba, al posar sus verdes ojos en ti, un cambio en la
tonalidad y en la temperatura de tu rostro. La primera vez que hablé con John,
las rebeldes palabras desobedecieron las órdenes mandadas por mi cerebro y surgieron a trompicones de mi boca,
sin ningún orden ni sentido.
De lejos, ya se veía que John era una de
esas personas que conseguía lo que quería, un triunfador al que nada se le
resistía. Y yo fui una presa que no opuso apenas resistencia. La Ruth de aquel
entonces era fácilmente impresionable y cayó rendida a sus pies como una
colegiala, como lo que era.
Aproveché que el convulso mundo andaba
distraído mudándose de piel a una velocidad de vértigo para licenciarme y
burocratizar mi amor por John. Nos casamos en Baltimore, por dar el capricho a
mis padres, en una ceremonia que podría pasar a los anales de la historia por
ser la que inventó el término bodorrio y porque sus dos protagonistas, ajenos a
parafernalias, no deseaban realmente estar allí.
Entré a trabajar como becaria en el Fun
News un periódico local sin muchas pretensiones y de poca tirada, en la sección
de sociedad. Noticias desenfadadas que ayudaban a digerir la cruda realidad.
Mientras tanto, John hacía su entrada triunfal por la alfombra roja del New
Yorker. Directo al estrellato. Se convirtió en el mejor crítico de prosa de la
ciudad, del condado, del estado, del país y, por ende, del mundo. Coleccionó
premios, honores y palmaditas en los hombros. Aún así no pudo evitar, como yo,
acabar sólo.
Al nacer David, fui relegada al banquillo
de la maternidad. Abandoné mi humilde trabajo que tanto me llenaba y me dediqué
a comprobar cómo es eso de que lo necesiten a uno todo el rato, en lugar de
estar necesitando a alguien todo el rato. Por su lado, John coqueteaba con la
fama a la par que olvidaba que tenía mujer e hijo.
Me he acostumbrado a la suplencia y ya no
me atrevo a exigir un lugar en la pista. Es demasiado tarde y tengo miedo de no
recordar cómo se juega.
Fracasé, me convertí en aquello que siempre
odié, en una mujer decorativa que hace juego con el ajuar, que luce su modelo
despampanante al lado del último jarrón chino adquirido en un viaje huérfano de
sorpresas, con personas programadas para esquivar las emociones. Una mujer que
es como una rémora, cuya función es hacerle la vida más confortable al gran pez
que es su marido.
Acostumbrada a tomar la soledad en pequeñas
dosis, desde que David decidió tener emociones propias y sacudirse todo el
polvo acumulado durante años maniatado por la dictadura del yugo paterno, un
vacío existencial franquea mi puerta todas las mañanas y se acomoda en esta
habitación sin vistas que es mi vejez.
Estoy pensando muy seriamente en pedir
responsabilidades al chapuzas del guionista de mi vida: se supone que el trato
era que yo fuera el personaje principal y no un mero extra que rellena huecos
en la pantalla y que contempla impotente cómo otros protagonizan su vida, sin
que se le permita meter baza.
Horarios invertidos es lo que hoy me
determina. Dormir de día y quedarme hasta altas horas de la madrugada sentada
delante del televisor fingiendo estar interesada en la vida sexual de los
gorilas de la Isla de Borneo, mucho más apasionante que la mía dicho sea de
paso. Algunas noches, los ronquidos de
John me sacan a pasear por Brooklyn Heights, a orillas del East River. A veces
llego hasta el puente de Williamsburg, descanso en un banco e imagino cómo será
el sexo allá enfrente, dentro de aquellas luces brillantes de Manhattan.
“Tener el mejor pincel no te asegura
un puesto de honor al lado de Picasso en el podio de los elegidos, así como
estar dotado de una sutil verborrea no implica, ni mucho menos, convertirse en
un buen orador. Nadie le podrá negar a Paul Adams su dominio de los tiempos
narrativos y poseer un extenso vocabulario adornado de metáforas e hipérboles.
Tampoco nadie podrá poner en duda su habilidad para tejer una historia
rocambolesca que, aunque mil veces leída, logra su propósito: mantener en vilo
al lector hasta las últimas y precipitadas páginas donde un giro inverosímil,
propio de Hollywood, consigue un final impactante con el que, si el lector es
exigente, no puede más que sentirse estafado.
En eso, Paul Adams, en su primera
novela, ya se ha reivindicado como un maestro: en escribir para un tipo
específico de lector y ofrecerle el producto que quiere consumir. Lo que muchos
pensarán que es una virtud deviene, sin embargo, su mayor defecto. Se nota que
no escribe para sí mismo, sino pensando en el veredicto del público, lo que
denota una falta de honradez preocupante en un escritor novel. La historia de
“En los límites del callejón”, el título ya de por sí chirría, por pretender
ser original se despeña, inevitablemente, por el barranco de lo obvio y se
estampa en el barrizal de lo ridículo.
¿Necesita el mundo más novelas planas
y vulgares, pensadas únicamente para complacer a los supermercados? El lector
que haya aguantado estoicamente hasta la última de las páginas de este producto
infame debería pedir daños y perjuicios. En su debut ¿literario?, Paul Adams se
ha especializado en la obviedad, en reproducir citas magnánimas de otros
autores y en una manipulación narrativa barnizada, eso sí que se le concede,
con un estilo muy depurado con el que logra engañar a las masas.
Si para construir una casa se requieren
unos conocimientos muy específicos en la materia, ¿cómo es posible, se
preguntarán, que cualquier hijo de vecino se crea la reencarnación de Kafka y
pueda escribir y luego publicar una novela? Es lícito, en mi opinión, que
cualquiera pueda escribir lo que quiera escribir y además pueda publicarlo. Lo
contrario sería censura, pero como decía el sabio Bolaño: “si vas a decir lo
que quieres, también vas a oír lo que no quieres.”
Nada podía hacer imaginar a John Meadow
aquella mañana que al volver de airear sus pensamientos por Brooklyn Heights se
fuera a dar de bruces contra el más terrible de los fantasmas de su pasado.
John se acomodó en el sofá y miró extrañado
aquel llamativo sobre amarillo exento de remite y que resaltaba de entre la
monotonía pictórica del restante correo de su buzón. Al abrir el sobre y
comenzar a leer la carta que contenía, John se estremeció al toparse con las
palabras de la discordia: la crítica que veinticinco años atrás lanzó por la
borda una amistad que parecía, sólo parecía, cimentada a prueba de palabras
venenosas, y que sumió a su hasta entonces inseparable amigo Paul en una
parálisis narrativa de consecuencias irreparables.
La carta luego derivaba en un amable
memorándum, huérfano de rencor, sobre los tiempos vividos juntos durante la
universidad, y concluía de forma abrupta “desde el corazón de las tinieblas”,
expresión típica de Paul, con una autoinvitación, sin suspensiones de última
hora, a la cena que tendría lugar el próximo 21 de septiembre en casa de Ruth y
John, los mejores anfitriones posibles, decía Paul en la carta.
Ruth todavía se recuperaba en un sueño
profundo de su escapada nocturna por Brooklyn Heights. A John le desconcertaba
la nueva y extraña manía de su mujer de salir sola en mitad de la noche. Sabía
a dónde iba porque Ruth se lo dijo y porque una noche cometió la locura de
seguirla, y ella sabía que John, al amanecer, también merodeaba por la ribera
del East River. La vida invertida de Ruth, pensaba John, les impedía compartir
hasta esos rutinarios paseos.
La última vez que John supo de Paul fue en
una conferencia, en Ohio, sobre
escritores desaparecidos, inmersos en un silencio eterno, incapaces de escribir
una segunda obra. Mark Richardson, el del Books Review, le comentó que había escuchado
que Paul malvivía en un suburbio de Los Angeles. De eso hará unos quince años.
Pero la última vez que coincidieron en una habitación, las obras completas de
Shakespeare volaron de un extremo a otro de la estancia, después de que Paul
leyera con estupor en el New Yorker la feroz y sorprendente crítica con la que
John le obsequió para su trigésimo aniversario. Su gran amigo fue el encargado
de cargarse el único e insignificante testigo que queda de su fugaz paso por el
inhóspito mundo de las letras y de certificar su defunción como escritor.
-Bienvenida al día, -le saludó John-. Ven, acércate.
Si miras por la ventana verás algo increíble, una gran bola de fuego. Se llama
Sol y hace posible hasta la más hueca de nuestras conversaciones. Por
cierto, ¿qué tal las luces de Manhattan?
-Brillantes.
-Han llegado noticias del más allá, del mundo de los
olvidados.
-¿De qué estás hablando?
-Deberías creer más en los astros, dijo John entregándole
la carta.
Al adentrarse en las turbulentas aguas del
pasado de su marido, que también era el suyo, el rostro de Ruth fue reflejando
todos los sentimientos posibles que sus músculos faciales eran capaces de
reproducir, pasando de la sorpresa inicial a una curiosa inquietud.
-Ya no recordaba lo cruel y destructora que podía
llegar a ser tu pluma. Cuando se lo proponía no dejaba títere con cabeza. ¿Qué
piensas contestarle? ¿Qué crees que pretende? El día 21 es este sábado. ¡Por
Dios, lo que me faltaba!, exclamó Ruth.
-El sobre no lleva dirección alguna, ni ningún teléfono.
No tengo ni la más remota idea sobre las intenciones de Paul, pero conociéndole
seguro que algo se trae entre manos. De todas formas, siempre nos puede surgir
un compromiso ineludible. No es que me haga una especial ilusión pensar en un
reencuentro pero creo que deberíamos otorgarle el beneficio de la duda. Te noto
bastante alterada.
-Me altera lo inesperado, contestó Ruth presa de los
nervios.
La noticia de la inminente visita de Paul
contribuyó a dar alas al imparable desconcierto que campaba a sus anchas por
aquel matrimonio hacía no pocos años. Pero, a su vez, también tuvo un efecto
balsámico en John y Ruth que, aunque sólo por unos días, unieron sus fuerzas
haciendo frente común ante el peligroso invasor de su triste cotidianeidad. A
nadie le gusta mostrar sus miserias a otras personas. Y menos a Paul, al que
habían estado tan unidos. Pero tanto a John como a Ruth les suponía un tremendo
esfuerzo escalar la montaña de la hipocresía para aparentar que todo funcionaba
en su matrimonio.
-Todo está en su sitio, observó Paul tras
echar un rápido vistazo por el mobiliario del piso. Es como si no hubiesen
pasado veinticinco años.
-Veintisiete, puntualizó John. Nos gusta
saber dónde están las cosas. De todas maneras, ha habido cambios. En la biblioteca
los ejemplares más codiciados ahora descansan en el nivel superior, a salvo de
aficionados al lanzamiento de clásicos.
De aspecto famélico y descuidado, el rostro
draculino de Paul evocaba al actor Christopher Lee cuando encarnaba al príncipe
del mal desde el corazón de las tinieblas. Se le veía muy desmejorado,
él, que en sus años mozos, con su corpulencia había roto tantos corazones.
La cena resultó amena, sin ningún incidente
digno de mención y la conversación transcurrió sin sobresaltos por la senda de
la corrección llevando John, como siempre, la voz cantante pero sin tocar
posibles temas delicados. Ruth, muda y ausente, preparó para la ocasión merluza
a la vasca, un plato delicioso que aprendió en un viaje a San Sebastián, regado
con un pinaud de California, obsequio de Paul. La banda sonora de la velada fue
cortesía de Tom Waits, que otorgó el toque bohemio y nostálgico a la noche.
¿Quién sería el primero en destapar la caja de Pandora?
-¿Sabes que John ha decidido no albergar más
literatura en su vida?, despertó Ruth de su estado de letargo. Ahora le ha dado
por la astrología más casposa, la de los horóscopos de los periódicos.
-No me lo puedo creer. El hombre propenso a
mitificar escritores, al que le asaltaban extraños pensamientos literarios en
mitad de la noche. El hombre que amaba sus libros hasta el extremo que era
incapaz de prestarlos a su mejor amigo. ¿Qué mal te ha hecho enfermar?
John se sintió traicionado por la actitud
burlesca de Ruth, por haber infringido el pacto no escrito de no agresión mutua
que habían acordado días antes con tan solo un cruce de miradas.
-El mal de la mediocridad, estalló John
cargado de resentimiento. Un mal que ha alcanzado la categoría de epidemia
gracias a, entre otros, esos escritores más preocupados de obtener una buena
crítica que de la calidad de sus escritos. ¿No te parece, Paul?
-No he venido aquí a abrir viejas heridas.
Sólo deseaba saber cómo les iba a dos viejos amigos. Hace siglos que no pienso
en mí como escritor. Aquella fue una etapa intensa pero demasiado breve para
ocupar un lugar preferente en mi vida. Dejé de escribir, es cierto que no pude
superar la despiadada crítica de mi mejor amigo. Como escritor fui débil, no
supe separar mi vida privada de la profesional. No me arrepiento, puestos a
escoger prefiero una amistad duradera a lo efímero de la fama, que se acaba
antes de que te des cuenta de que la tienes. A mí no me costó un esfuerzo
excesivo dejar de pensar en literatura. Me convertí en un lector compulsivo,
que es una posición mucho más cómoda. Te acomodas en tu poltrona y desde ese
lugar privilegiado emites tu veredicto. Resulta más sencillo leer que escribir.
-Tengo mis dudas, Paul. Creo que existen
dos diferentes tipos de lectores, los que…
-Aman la literatura y los que desearían
amarla, se adelantó Ruth.
-En efecto, gracias Ruth. Al igual que
existen malos escritores, mayoría por desgracia, abundan también los pésimos
lectores. Si se exige talento a un escritor, también se debería exigir un mínimo
de conocimiento al que lee. Debería existir la profesión de lector y la
obligación de pasar algún tipo de prueba para poder ejercerla. Yo siempre me
consideré lector antes que crítico literario, figura tan vilipendiada y de
menguante credibilidad. No es fácil ejercer de lector en la sombra y no veo por
qué habría de pedir perdón por tener una educación literaria no contaminada. Y
si de algo me enorgullezco es de no haber emitido nunca veredictos. En cuanto a
la amistad, ahí coincidimos, Paul. Yo también valoro la lealtad de un amigo.
Por eso vuestro beso fue el principio del fin, la semilla de la que brotó el
odio y mi tiránica idea de venganza.
Cuentan los supervivientes de una gran
tragedia que lo más aterrador es el silencio de después, ese momento
desconcertante de quietud en el que uno se siente desprotegido. Sólo es un
instante, pero deviene eterno. Eso es lo que sucedió, la eternidad, después de
que John pronunciara por fin la palabra maldita, aquella que permaneció callada
en su interior durante largo tiempo pudriendo todo lo que pillaba a su paso.
-Cual príncipe shakesperiano fui maquinando
mi venganza. Al igual que Hamlet me sentí deambulando entre fantasmas,
carcomido por una duda: aquel beso, ¿era fruto de una pasión intensa pero efímera,
que no dejaba poso, era el humo de un fuego ya extinguido, o era, por el
contrario, la mecha que prende y da forma al vasto incendio? ¿Eran los restos o
estaba ante los prolegómenos de una trágica historia? ¡Cuánto se puede llegar a
ver, cuánto se puede saber mirando por los escasos tres centímetros de una
puerta entreabierta! Una puerta que debió permanecer cerrada. ¿Quién saldría malparado del embrollo? Decidí
que no iba a ser yo. Así, durante un año,
me dediqué a alentar tus desmedidas ansias de éxito, Paul. Me convertí
en tu mecenas, en el bastón que te ayudaba a caminar por la desconocida senda
de la literatura. No te permití desfallecer, debías acabar tu primera y única
novela. Una vez publicada todo se hizo más fácil. No tuve que exagerar en exceso,
el infame producto ya poseía la garantía de exhibición en los escaparates más
deslumbrantes. También venía con una fecha de caducidad muy corta, tu
soporífera novela no aguantaría el paso del tiempo, el implacable y único juez
que dicta sentencia. Y tu novela, amigo Paul, fue condenada con la pena más
dura, la del olvido.
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