domingo, 27 de octubre de 2013

Luces de Manhattan

Y puede que te preguntes: 
Bien, ¿y cómo he llegado aquí...?
Y puede que te digas:
Ésta no es mi bonita casa.
Y puede que te digas:
Ésta no es mi preciosa mujer.
                                    Talking Heads



“Próximamente, tendrá noticias de alguien que creía olvidado”.
    Parece ser que la conjunción de la Luna con Marte en mi signo traerá consecuencias inminentes. Irritabilidad, insomnio y una sensación de desapego del mundo me invadirán en fechas venideras. Pero fue ésa, la que da inicio a estas páginas, la frase que me intrigó sobremanera. Normalmente el horóscopo no aportaba una información tan precisa, sino que se perdía en generalizaciones de un marcado carácter impersonal. En cambio, aquel día el oráculo sentí que me hablaba directamente a mí.
    Me dispuse a afrontar el martirio de sumergirme en las densas páginas, ya vividas, del libro de mi vida. Hurgué entre las diminutas letras y escarbé en los pies de página. Retrocedí hasta el prólogo con el fin de hallar algún indicio que me llevara a un nombre, a un rostro con la suficiente osadía de perturbar mi preciado aburrimiento. Después de mucho buscar pude confeccionar una posible lista de olvidados. Desde mi cómoda butaca aguardaría pacientemente lo que los planetas me tenían preparado.
    Le comenté a Ruth la extraña predicción que quizás iba a trastocar mi tranquila y anticipada vida de jubilado. No pudo evitar emitir un gruñido que sabía a reproche, Ruth no entendía ni soportaba mi recién estrenada afición a la astrología de andar por casa, que se ceñía únicamente a encender el ordenador y en el buscador Google ir a favoritos y clicar en  New York Times, sección de los malos augurios. David, nuestro hijo, me lo dejó todo mascado para que no me perdiera por la frondosa y traicionera maleza que es Internet, el mayor ladrón de tiempo conocido. Yo no veía el daño que podía causarme leer algo que, aunque tenía un nulo valor literario, por lo menos me entretenía.
    Ruth, cada vez más quisquillosa y distante conmigo, era la única persona que podía y debía comprender a qué respondía mi  nueva actitud. ¿O no estaba claro que después de toda una vida devorando novelas, la mayoría en mal estado, mi empachado estómago merecía un descanso? Cualquier psicólogo afirmaría que mi reacción fue normal y entraba dentro de los parámetros de la lógica. A Ruth, todo esto, le parecía una chiquillada.
    Treinta años en el New Yorker rodeado de vanidad dejan exhausto a cualquiera. Llamadas a horas intempestivas de editores vendiendo las bondades de su mediocre marioneta, cuando no se convertían en intento de soborno directamente, con el fin de conseguir una crítica favorable de algo que era pura mercancía, de exhibición tan sólo en las grandes superficies. Presentaciones de novelas infumables a cargo de cachorros imberbes con un exagerado nivel de autoestima, despotricando contra los clásicos mediante la pobre y ya manida cantinela de la necesidad urgente de un poco de aire fresco que evite el anquilosamiento de la literatura. Todo aquel sinsentido fue minando la dedicación y el amor que siempre profesé a mi trabajo, y lo que es más grave, mi romántica creencia de que los libros pueden salvarnos.
  ¿Merecía la pena seguir con la venda en los ojos e ignorar el catatónico estado de la prosa actual? ¿Realmente recompensaba el titánico esfuerzo que suponía salvar de la hoguera de las palabras vergonzantes a los diez títulos que como máximo al año poseían la mínima calidad para trascender?
    Me rendí a los cincuenta y siete años. Sólo una crítica más, la última y podría dedicarme en cuerpo y alma a ser un profesional de la vida contemplativa, a ganar tiempo para poder perderlo como me diera la gana. Nada mejor que recurrir al maestro de la desaparición para poner fin al baile. Contraluz, la postrera maravilla novelada de Pynchon, el escritor sin ningún interés en ser visto, me permitió despedirme sin aspavientos, sin fuegos artificiales. Colocando el arte un paso por delante de lo superfluo. Como siempre hice.
    Decidí por un tiempo no leer, ser el único dueño de mis ojos. Retirarme sigilosamente de todo aquello que oliera a podrido de antemano. Pondría así los sólidos cimientos para alcanzar una vejez sosegada, libre de estímulos tentadores. Dejar de leer para no tener que escribir. Vivir en un estado de letargo, en una hibernación permanente. La imagen de la película por fin se congeló y ahora descansa en modo pausa. Quien se atreva a pulsar el play se las verá conmigo.
    Ruth y yo vivimos en Brooklyn por elección, en Montague Street, una calle tranquila que en ocasiones apesta a turista porque un buen día a Bob Dylan se le ocurrió inmortalizarla en una canción. Desde nuestro remanso de paz particular contemplo a la alocada y vanidosa Manhattan con recelo, preguntándome cómo es posible que dos ideas tan antagónicas de concebir la existencia estén separadas únicamente por los 486 metros del puente de Brooklyn.
  Hubo un tiempo en que los ojos de Ruth brillaban. Veintisiete años de convivencia han servido para que acabemos adoptando los mismos tics de supervivencia, un ápice de mimetismo a la hora de pensar el mundo, pero también han entristecido su mirada, que se ha vuelto más fría y opaca.
   Nunca he sido infiel a Ruth, ésa es la línea, creo yo, que separa un mal compañero de una mala persona. Pero me temo que no ha sido suficiente. Ruth no es feliz, nadie puede serlo cuando es desterrado del paraíso de los sueños y condenado a soportar la implacable monotonía de ver cómo los días te envejecen a mayor velocidad que al resto de los mortales.
    Juro que más de una vez me he acercado a Ruth con la intención de persuadirla para que podamos, al fin, despojarnos de nuestras respectivas máscaras, las que nos han convertido en extraños el uno para el otro. Pero en el preciso instante en que comienzo el abordaje, en ocasiones un súbito gesto suyo y en otras mi impotencia para encontrar las palabras adecuadas, hacen imposible que la distancia se acorte. Curioso que acostumbrado a tratar a todas horas con palabras y creyendo conocerlas, cuanto más las necesito es cuando me dan esquinazo. Qué decir cuando todo ya está dicho.
         
   Cuando conocí a John, yo era muy joven. Él era, y continúa siendo, seis meses mayor que yo,  pero ya a esa edad los años le cundían más que al resto porque parecía muy seguro de sí mismo y con las ideas muy amuebladas dentro de su cabeza. Siempre se le dio bien ser el consecuente de los dos.
    Nos encontramos, porque lo nuestro fue un encontronazo, en la Universidad de Columbia. Con los nervios propios del novato, no advertí la presencia de la cola formada delante del mostrador de matriculaciones y no respeté el orden de los turnos. Me colé. Ante tal ofensa, John se dirigió a mí con su famoso tono burlesco y, como he podido comprobar cientos de veces, tristemente hiriente. “Parece que alguien tiene prisa en escribir su primer artículo”. Ése fue mi memorable bautizo, sazonado convenientemente con unas carcajadas desmesuradas de los allí presentes, en el periodismo universitario. Todavía hoy John mantiene que mi descuido fue deliberado y cada vez que tenemos que soportar la interminable espera en alguna no menos interminable cola, saca a pasear su ingenioso humor rememorando mi histórico despiste. A John siempre le costó horrores pasar página.
   Si bien el inicio no fue el deseado para una chica insegura recién caída de Baltimore, los cinco años en la universidad fueron los más excitantes de mi vida. El escenario propiciaba la excitación: Nueva York, a finales de los sesenta. Sonará cursi pero sentía que el sol salía para mí cada mañana.
   John era inteligente y carismático, dotado de un talento innato para ganarse el afecto de la gente. Y encima era guapo, un adonis de la antigua Grecia. Pero era una belleza intimidante que te hacía sentir incómoda y provocaba, al posar sus verdes ojos en ti, un cambio en la tonalidad y en la temperatura de tu rostro. La primera vez que hablé con John, las rebeldes palabras desobedecieron las órdenes mandadas por mi  cerebro y surgieron a trompicones de mi boca, sin ningún orden ni sentido.
    De lejos, ya se veía que John era una de esas personas que conseguía lo que quería, un triunfador al que nada se le resistía. Y yo fui una presa que no opuso apenas resistencia. La Ruth de aquel entonces era fácilmente impresionable y cayó rendida a sus pies como una colegiala, como lo que era.
  Aproveché que el convulso mundo andaba distraído mudándose de piel a una velocidad de vértigo para licenciarme y burocratizar mi amor por John. Nos casamos en Baltimore, por dar el capricho a mis padres, en una ceremonia que podría pasar a los anales de la historia por ser la que inventó el término bodorrio y porque sus dos protagonistas, ajenos a parafernalias, no deseaban realmente estar allí.
   Entré a trabajar como becaria en el Fun News un periódico local sin muchas pretensiones y de poca tirada, en la sección de sociedad. Noticias desenfadadas que ayudaban a digerir la cruda realidad. Mientras tanto, John hacía su entrada triunfal por la alfombra roja del New Yorker. Directo al estrellato. Se convirtió en el mejor crítico de prosa de la ciudad, del condado, del estado, del país y, por ende, del mundo. Coleccionó premios, honores y palmaditas en los hombros. Aún así no pudo evitar, como yo, acabar sólo.
  Al nacer David, fui relegada al banquillo de la maternidad. Abandoné mi humilde trabajo que tanto me llenaba y me dediqué a comprobar cómo es eso de que lo necesiten a uno todo el rato, en lugar de estar necesitando a alguien todo el rato. Por su lado, John coqueteaba con la fama a la par que olvidaba que tenía mujer e hijo.
   Me he acostumbrado a la suplencia y ya no me atrevo a exigir un lugar en la pista. Es demasiado tarde y tengo miedo de no recordar cómo se juega.         
   Fracasé, me convertí en aquello que siempre odié, en una mujer decorativa que hace juego con el ajuar, que luce su modelo despampanante al lado del último jarrón chino adquirido en un viaje huérfano de sorpresas, con personas programadas para esquivar las emociones. Una mujer que es como una rémora, cuya función es hacerle la vida más confortable al gran pez que es su marido.
   Acostumbrada a tomar la soledad en pequeñas dosis, desde que David decidió tener emociones propias y sacudirse todo el polvo acumulado durante años maniatado por la dictadura del yugo paterno, un vacío existencial franquea mi puerta todas las mañanas y se acomoda en esta habitación sin vistas que es mi vejez.
   Estoy pensando muy seriamente en pedir responsabilidades al chapuzas del guionista de mi vida: se supone que el trato era que yo fuera el personaje principal y no un mero extra que rellena huecos en la pantalla y que contempla impotente cómo otros protagonizan su vida, sin que se le permita meter baza.
   Horarios invertidos es lo que hoy me determina. Dormir de día y quedarme hasta altas horas de la madrugada sentada delante del televisor fingiendo estar interesada en la vida sexual de los gorilas de la Isla de Borneo, mucho más apasionante que la mía dicho sea de paso. Algunas noches,  los ronquidos de John me sacan a pasear por Brooklyn Heights, a orillas del East River. A veces llego hasta el puente de Williamsburg, descanso en un banco e imagino cómo será el sexo allá enfrente, dentro de aquellas luces brillantes de Manhattan.


    “Tener el mejor pincel no te asegura un puesto de honor al lado de Picasso en el podio de los elegidos, así como estar dotado de una sutil verborrea no implica, ni mucho menos, convertirse en un buen orador. Nadie le podrá negar a Paul Adams su dominio de los tiempos narrativos y poseer un extenso vocabulario adornado de metáforas e hipérboles. Tampoco nadie podrá poner en duda su habilidad para tejer una historia rocambolesca que, aunque mil veces leída, logra su propósito: mantener en vilo al lector hasta las últimas y precipitadas páginas donde un giro inverosímil, propio de Hollywood, consigue un final impactante con el que, si el lector es exigente, no puede más que sentirse estafado.
   En eso, Paul Adams, en su primera novela, ya se ha reivindicado como un maestro: en escribir para un tipo específico de lector y ofrecerle el producto que quiere consumir. Lo que muchos pensarán que es una virtud deviene, sin embargo, su mayor defecto. Se nota que no escribe para sí mismo, sino pensando en el veredicto del público, lo que denota una falta de honradez preocupante en un escritor novel. La historia de “En los límites del callejón”, el título ya de por sí chirría, por pretender ser original se despeña, inevitablemente, por el barranco de lo obvio y se estampa en el barrizal de lo ridículo.
   ¿Necesita el mundo más novelas planas y vulgares, pensadas únicamente para complacer a los supermercados? El lector que haya aguantado estoicamente hasta la última de las páginas de este producto infame debería pedir daños y perjuicios. En su debut ¿literario?, Paul Adams se ha especializado en la obviedad, en reproducir citas magnánimas de otros autores y en una manipulación narrativa barnizada, eso sí que se le concede, con un estilo muy depurado con el que logra engañar a las masas.
  Si para construir una casa se requieren unos conocimientos muy específicos en la materia, ¿cómo es posible, se preguntarán, que cualquier hijo de vecino se crea la reencarnación de Kafka y pueda escribir y luego publicar una novela? Es lícito, en mi opinión, que cualquiera pueda escribir lo que quiera escribir y además pueda publicarlo. Lo contrario sería censura, pero como decía el sabio Bolaño: “si vas a decir lo que quieres, también vas a oír lo que no quieres.”

    Nada podía hacer imaginar a John Meadow aquella mañana que al volver de airear sus pensamientos por Brooklyn Heights se fuera a dar de bruces contra el más terrible de los fantasmas de su pasado.
  John se acomodó en el sofá y miró extrañado aquel llamativo sobre amarillo exento de remite y que resaltaba de entre la monotonía pictórica del restante correo de su buzón. Al abrir el sobre y comenzar a leer la carta que contenía, John se estremeció al toparse con las palabras de la discordia: la crítica que veinticinco años atrás lanzó por la borda una amistad que parecía, sólo parecía, cimentada a prueba de palabras venenosas, y que sumió a su hasta entonces inseparable amigo Paul en una parálisis narrativa de consecuencias irreparables.
   La carta luego derivaba en un amable memorándum, huérfano de rencor, sobre los tiempos vividos juntos durante la universidad, y concluía de forma abrupta “desde el corazón de las tinieblas”, expresión típica de Paul, con una autoinvitación, sin suspensiones de última hora, a la cena que tendría lugar el próximo 21 de septiembre en casa de Ruth y John, los mejores anfitriones posibles, decía Paul en la carta.
   Ruth todavía se recuperaba en un sueño profundo de su escapada nocturna por Brooklyn Heights. A John le desconcertaba la nueva y extraña manía de su mujer de salir sola en mitad de la noche. Sabía a dónde iba porque Ruth se lo dijo y porque una noche cometió la locura de seguirla, y ella sabía que John, al amanecer, también merodeaba por la ribera del East River. La vida invertida de Ruth, pensaba John, les impedía compartir hasta esos rutinarios paseos.
  La última vez que John supo de Paul fue en una conferencia, en Ohio,  sobre escritores desaparecidos, inmersos en un silencio eterno, incapaces de escribir una segunda obra. Mark Richardson, el del Books Review, le comentó que había escuchado que Paul malvivía en un suburbio de Los Angeles. De eso hará unos quince años. Pero la última vez que coincidieron en una habitación, las obras completas de Shakespeare volaron de un extremo a otro de la estancia, después de que Paul leyera con estupor en el New Yorker la feroz y sorprendente crítica con la que John le obsequió para su trigésimo aniversario. Su gran amigo fue el encargado de cargarse el único e insignificante testigo que queda de su fugaz paso por el inhóspito mundo de las letras y de certificar su defunción como escritor.
-Bienvenida al día, -le saludó John-. Ven, acércate. Si miras por la ventana verás algo increíble, una gran bola de fuego. Se llama Sol y hace posible hasta la más hueca de nuestras conversaciones. Por cierto,  ¿qué tal las luces de Manhattan?
-Brillantes.
-Han llegado noticias del más allá, del mundo de los olvidados.
-¿De qué estás hablando?
-Deberías creer más en los astros, dijo John entregándole la carta.
    Al adentrarse en las turbulentas aguas del pasado de su marido, que también era el suyo, el rostro de Ruth fue reflejando todos los sentimientos posibles que sus músculos faciales eran capaces de reproducir, pasando de la sorpresa inicial a una curiosa inquietud.
-Ya no recordaba lo cruel y destructora que podía llegar a ser tu pluma. Cuando se lo proponía no dejaba títere con cabeza. ¿Qué piensas contestarle? ¿Qué crees que pretende? El día 21 es este sábado. ¡Por Dios, lo que me faltaba!, exclamó Ruth.
-El sobre no lleva dirección alguna, ni ningún teléfono. No tengo ni la más remota idea sobre las intenciones de Paul, pero conociéndole seguro que algo se trae entre manos. De todas formas, siempre nos puede surgir un compromiso ineludible. No es que me haga una especial ilusión pensar en un reencuentro pero creo que deberíamos otorgarle el beneficio de la duda. Te noto bastante alterada.
-Me altera lo inesperado, contestó Ruth presa de los nervios.
    La noticia de la inminente visita de Paul contribuyó a dar alas al imparable desconcierto que campaba a sus anchas por aquel matrimonio hacía no pocos años. Pero, a su vez, también tuvo un efecto balsámico en John y Ruth que, aunque sólo por unos días, unieron sus fuerzas haciendo frente común ante el peligroso invasor de su triste cotidianeidad. A nadie le gusta mostrar sus miserias a otras personas. Y menos a Paul, al que habían estado tan unidos. Pero tanto a John como a Ruth les suponía un tremendo esfuerzo escalar la montaña de la hipocresía para aparentar que todo funcionaba en su matrimonio.

   -Todo está en su sitio, observó Paul tras echar un rápido vistazo por el mobiliario del piso. Es como si no hubiesen pasado veinticinco años.
   -Veintisiete, puntualizó John. Nos gusta saber dónde están las cosas. De todas maneras, ha habido cambios. En la biblioteca los ejemplares más codiciados ahora descansan en el nivel superior, a salvo de aficionados al lanzamiento de clásicos.
    De aspecto famélico y descuidado, el rostro draculino de Paul evocaba al actor Christopher Lee cuando encarnaba al príncipe del mal desde el corazón de las tinieblas. Se le veía muy desmejorado, él, que en sus años mozos, con su corpulencia había roto tantos corazones.
    La cena resultó amena, sin ningún incidente digno de mención y la conversación transcurrió sin sobresaltos por la senda de la corrección llevando John, como siempre, la voz cantante pero sin tocar posibles temas delicados. Ruth, muda y ausente, preparó para la ocasión merluza a la vasca, un plato delicioso que aprendió en un viaje a San Sebastián, regado con un pinaud de California, obsequio de Paul. La banda sonora de la velada fue cortesía de Tom Waits, que otorgó el toque bohemio y nostálgico a la noche. ¿Quién sería el primero en destapar la caja de Pandora?
    -¿Sabes que John ha decidido no albergar más literatura en su vida?, despertó Ruth de su estado de letargo. Ahora le ha dado por la astrología más casposa, la de los horóscopos de los periódicos.
-No me lo puedo creer. El hombre propenso a mitificar escritores, al que le asaltaban extraños pensamientos literarios en mitad de la noche. El hombre que amaba sus libros hasta el extremo que era incapaz de prestarlos a su mejor amigo. ¿Qué mal te ha hecho enfermar?
    John se sintió traicionado por la actitud burlesca de Ruth, por haber infringido el pacto no escrito de no agresión mutua que habían acordado días antes con tan solo un cruce de miradas.
   -El mal de la mediocridad, estalló John cargado de resentimiento. Un mal que ha alcanzado la categoría de epidemia gracias a, entre otros, esos escritores más preocupados de obtener una buena crítica que de la calidad de sus escritos. ¿No te parece, Paul?
    -No he venido aquí a abrir viejas heridas. Sólo deseaba saber cómo les iba a dos viejos amigos. Hace siglos que no pienso en mí como escritor. Aquella fue una etapa intensa pero demasiado breve para ocupar un lugar preferente en mi vida. Dejé de escribir, es cierto que no pude superar la despiadada crítica de mi mejor amigo. Como escritor fui débil, no supe separar mi vida privada de la profesional. No me arrepiento, puestos a escoger prefiero una amistad duradera a lo efímero de la fama, que se acaba antes de que te des cuenta de que la tienes. A mí no me costó un esfuerzo excesivo dejar de pensar en literatura. Me convertí en un lector compulsivo, que es una posición mucho más cómoda. Te acomodas en tu poltrona y desde ese lugar privilegiado emites tu veredicto. Resulta más sencillo leer que escribir.
    -Tengo mis dudas, Paul. Creo que existen dos diferentes tipos de lectores, los que…
   -Aman la literatura y los que desearían amarla, se adelantó Ruth.
   -En efecto, gracias Ruth. Al igual que existen malos escritores, mayoría por desgracia, abundan también los pésimos lectores. Si se exige talento a un escritor, también se debería exigir un mínimo de conocimiento al que lee. Debería existir la profesión de lector y la obligación de pasar algún tipo de prueba para poder ejercerla. Yo siempre me consideré lector antes que crítico literario, figura tan vilipendiada y de menguante credibilidad. No es fácil ejercer de lector en la sombra y no veo por qué habría de pedir perdón por tener una educación literaria no contaminada. Y si de algo me enorgullezco es de no haber emitido nunca veredictos. En cuanto a la amistad, ahí coincidimos, Paul. Yo también valoro la lealtad de un amigo. Por eso vuestro beso fue el principio del fin, la semilla de la que brotó el odio y mi tiránica idea de venganza.
   Cuentan los supervivientes de una gran tragedia que lo más aterrador es el silencio de después, ese momento desconcertante de quietud en el que uno se siente desprotegido. Sólo es un instante, pero deviene eterno. Eso es lo que sucedió, la eternidad, después de que John pronunciara por fin la palabra maldita, aquella que permaneció callada en su interior durante largo tiempo pudriendo todo lo que pillaba a su paso.
   -Cual príncipe shakesperiano fui maquinando mi venganza. Al igual que Hamlet me sentí deambulando entre fantasmas, carcomido por una duda: aquel beso, ¿era fruto de una pasión intensa pero efímera, que no dejaba poso, era el humo de un fuego ya extinguido, o era, por el contrario, la mecha que prende y da forma al vasto incendio? ¿Eran los restos o estaba ante los prolegómenos de una trágica historia? ¡Cuánto se puede llegar a ver, cuánto se puede saber mirando por los escasos tres centímetros de una puerta entreabierta! Una puerta que debió permanecer cerrada.  ¿Quién saldría malparado del embrollo? Decidí que no iba a ser yo. Así, durante un año,  me dediqué a alentar tus desmedidas ansias de éxito, Paul. Me convertí en tu mecenas, en el bastón que te ayudaba a caminar por la desconocida senda de la literatura. No te permití desfallecer, debías acabar tu primera y única novela. Una vez publicada todo se hizo más fácil. No tuve que exagerar en exceso, el infame producto ya poseía la garantía de exhibición en los escaparates más deslumbrantes. También venía con una fecha de caducidad muy corta, tu soporífera novela no aguantaría el paso del tiempo, el implacable y único juez que dicta sentencia. Y tu novela, amigo Paul, fue condenada con la pena más dura, la del olvido.
   

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